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Sexo fast food

"Disculpe Doctor, pero… ¿dónde se inyecta el colágeno para llenar el vacío existencial?"
Maitena

Cada persona tiene su singular modo de encontrar la satisfacción y este relato además nos deja apreciar qué tipo de desencuentro amoroso sufren los jóvenes de hoy. Por qué los órganos y sus funciones dejan de obedecer al saber del cuerpo.

Paola Kaufman, en su cuento Cosmogirl, traduce la carta de una lectora imaginaria de la revista Cosmopolitan a la sección "Cuéntale a Cosmo" con la intención de mostrar la posición de la mujer del primer mundo frente a temas de la actualidad.
El relato interroga: dónde está parada la mujer con respecto a ciertos temas de insoslayable actualidad: el sexo, la comida, las parejas ocasionales, los riesgos del abuso físico y la incomprensión institucionalizada de la medicina tradicional, en lo que a los temas femeninos se refiere.
La protagonista, anclada en la angustia, busca salidas singulares para aliviarla. En su carta de lectores, exhibe la "espectacularidad" de su síntoma. El camino elegido es hacer público lo privado.
Gretchen nos dice: "Al principio todo marcha bien, soy una persona común, eligiendo su comida como cualquier otra. No más de 15 minutos después, me pasa lo que describo ahora y que en varias oportunidades he referido a los médicos de las tomografías: unas imágenes verdaderamente orgiásticas interrumpen la paz del espíritu que provoca un supermercado ordenadito. La protagonista soy yo, por supuesto. Los hombres... no tienen caras, solamente veo los detalles de sus cuerpos, después el corazón me empieza a latir cada vez más rápido, hasta que siento franca taquicardia y calor, las orejas como dos antorchas, las manos temblorosas y en el estómago, ese vacío existencial que precede al orgasmo".
Algunos le sugieren que tiene un ataque de pánico, pero ella piensa: es como una versión retorcida y lúbrica de la bulimia lo que sufro…: de repente todo, hasta la más desventurada lata de garbanzos toma una dimensión carnal insoportable... si fuese por el gusto de comer, todo acabaría en mi casa, pero no: ahí es cuando más necesito de un hombre.
El hombre acude al llamado y tras un brevísimo preámbulo comienza la acción, vuela la ropa y cuando estoy a punto de promover el merecido desenfreno…siento hambre... trato de frenar la acción y hasta lo consigo y manoteo el frigobar. Pero el problema no es el frigobar, es que si empiezo a comer ya no me importa nada más y si no empiezo, directamente no puedo vivir.
Gretchen echa mano a alguna cosa que tiene en el frigobar que hace a la vez de individuo que me espera en la habitación o me ruega o me llama a los gritos o lo que es mucho peor: me insulta.
Le da a su invitado ocasional diferentes explicaciones, pero él no vuelve más. El hombre como la comida son para ella portadores del pasaporte al vacío, imposible de llenar. El que viene es tachado de la lista porque ya no volverá otra vez.
Mientras me doy un atracón histórico, prendo la televisión y en esas circunstancias cualquier programa que den me viene bien.
La protagonista, podríamos decir la no paciente por impaciente, dice: lo peor del caso, amigas, es que este apetito transversal es apenas un ejemplo de lo que me pasa… Es como si un electricista enfermo hubiese reconectado los cables de tal manera que al tocar el timbre se enciende la luz del baño…El electricista se ha tomado su nefasto trabajo bien a pecho, y como además intuyo que es un eximio decorador de interiores, no ha dejado raspadura, polvillo ni cable suelto para rastrear el problema.
Este relato de ficción muestra el carácter reversible de la pulsión: comer, es comerse; el órgano deja de obedecer al saber del cuerpo, que está al servicio del sujeto, para volverse un soporte del gozarse con el acento auto erótico: gozarse.
Gretchen exhibe en su carta de lectores la espectacularidad de su síntoma: los objetos la dominan, la reducen a un cuerpo sin recursos y evidencian el modo en que la época se manifiesta en la pulsión. Si la única ley es la del mercado, será el síntoma el encargado de reintroducir el deseo frente al goce.


"Disculpe Doctor, pero… ¿dónde se inyecta el colágeno para llenar el vacío existencial?"
Maitena

Cada persona tiene su singular modo de encontrar la satisfacción y este relato además nos deja apreciar qué tipo de desencuentro amoroso sufren los jóvenes de hoy. Por qué los órganos y sus funciones dejan de obedecer al saber del cuerpo.

Paola Kaufman, en su cuento Cosmogirl, traduce la carta de una lectora imaginaria de la revista Cosmopolitan a la sección "Cuéntale a Cosmo" con la intención de mostrar la posición de la mujer del primer mundo frente a temas de la actualidad.
El relato interroga: dónde está parada la mujer con respecto a ciertos temas de insoslayable actualidad: el sexo, la comida, las parejas ocasionales, los riesgos del abuso físico y la incomprensión institucionalizada de la medicina tradicional, en lo que a los temas femeninos se refiere.
La protagonista, anclada en la angustia, busca salidas singulares para aliviarla. En su carta de lectores, exhibe la "espectacularidad" de su síntoma. El camino elegido es hacer público lo privado.
Gretchen nos dice: "Al principio todo marcha bien, soy una persona común, eligiendo su comida como cualquier otra. No más de 15 minutos después, me pasa lo que describo ahora y que en varias oportunidades he referido a los médicos de las tomografías: unas imágenes verdaderamente orgiásticas interrumpen la paz del espíritu que provoca un supermercado ordenadito. La protagonista soy yo, por supuesto. Los hombres... no tienen caras, solamente veo los detalles de sus cuerpos, después el corazón me empieza a latir cada vez más rápido, hasta que siento franca taquicardia y calor, las orejas como dos antorchas, las manos temblorosas y en el estómago, ese vacío existencial que precede al orgasmo".
Algunos le sugieren que tiene un ataque de pánico, pero ella piensa: es como una versión retorcida y lúbrica de la bulimia lo que sufro…: de repente todo, hasta la más desventurada lata de garbanzos toma una dimensión carnal insoportable... si fuese por el gusto de comer, todo acabaría en mi casa, pero no: ahí es cuando más necesito de un hombre.
El hombre acude al llamado y tras un brevísimo preámbulo comienza la acción, vuela la ropa y cuando estoy a punto de promover el merecido desenfreno…siento hambre... trato de frenar la acción y hasta lo consigo y manoteo el frigobar. Pero el problema no es el frigobar, es que si empiezo a comer ya no me importa nada más y si no empiezo, directamente no puedo vivir.
Gretchen echa mano a alguna cosa que tiene en el frigobar que hace a la vez de individuo que me espera en la habitación o me ruega o me llama a los gritos o lo que es mucho peor: me insulta.
Le da a su invitado ocasional diferentes explicaciones, pero él no vuelve más. El hombre como la comida son para ella portadores del pasaporte al vacío, imposible de llenar. El que viene es tachado de la lista porque ya no volverá otra vez.
Mientras me doy un atracón histórico, prendo la televisión y en esas circunstancias cualquier programa que den me viene bien.
La protagonista, podríamos decir la no paciente por impaciente, dice: lo peor del caso, amigas, es que este apetito transversal es apenas un ejemplo de lo que me pasa… Es como si un electricista enfermo hubiese reconectado los cables de tal manera que al tocar el timbre se enciende la luz del baño…El electricista se ha tomado su nefasto trabajo bien a pecho, y como además intuyo que es un eximio decorador de interiores, no ha dejado raspadura, polvillo ni cable suelto para rastrear el problema.
Este relato de ficción muestra el carácter reversible de la pulsión: comer, es comerse; el órgano deja de obedecer al saber del cuerpo, que está al servicio del sujeto, para volverse un soporte del gozarse con el acento auto erótico: gozarse.
Gretchen exhibe en su carta de lectores la espectacularidad de su síntoma: los objetos la dominan, la reducen a un cuerpo sin recursos y evidencian el modo en que la época se manifiesta en la pulsión. Si la única ley es la del mercado, será el síntoma el encargado de reintroducir el deseo frente al goce.


Sexo, Mentiras y Redes Sociales

Los perfiles virtuales en las redes sociales nos permiten mantenernos en el anonimato, lo que potencia nuestra capacidad para hacer realidad nuestras fantasías. ¿Cuánto de nuestra subjetividad termina convirtiéndose en producto?.   

Facebook, la red social del momento, al permitirnos construir nuestro perfil, nos abre la posibilidad de fabricarnos otra identidad. Esta realidad virtual brinda la posibilidad de exhibir una imagen de nosotros mismos idealizada, y hasta ficticia, que nadie que no nos conozca en la realidad física podría constatar como inventada. 
Este es el planteo que nos hace Diana Cohen Agrest, en su nota "Del conventillo a Facebook" publicada hoy en el diario La Nación. Para la autora, "cuando no media impostura alguna, el perfil del usuario suele ser la consumación de un ejercicio narcisista a compartir en un intercambio que tiene mucho de curiosidad, algo de información y nada de esa verdad insustituible que marca la presencia real del cuerpo del otro."

El tema de la necesidad de exhibirse y las relaciones en el ciberespacio también es abordado por La Lic. Diana Sahovaler de Litvinoff, autora del libro "El sujeto escondido en la realidad virtual, de la represión del deseo a la pornografía del goce", que en entrevista con Letra Urbana expone que "el desarrollo cibernético se ha convertido al mismo tiempo en refugio y en escenario. En refugio ya que favorece las relaciones a distancia, el ocultamiento de la persona y el anonimato. En escenario, porque al mismo tiempo ha permitido un despliegue de fantasías y confesiones que en el universo virtual, encontraron una vía privilegiada de expresión."
Para la escritora, "los avances tecnológicos en comunicación permiten un escondite bastante logrado, ya que el usuario se muestra pero ya no tiene que exponer al desnudo su subjetividad, puede expresar sus fantasías sin riesgo. En especial en esta época donde existe una presión social a decirlo todo, a mostrarlo todo, las personas quieren cumplir con este ideal, pero al mismo tiempo la exposición que esto implica los lleva a retroceder, la virtualidad permite mostrarse sin arriesgar tanto." Tanto es así que "asistimos a la proliferación de amistades y enamoramientos virtuales. Estos tienen distintas cualidades, algunos intentan cultivar la intimidad, otros quieren transformar el vínculo en un espectáculo para que otros lo miren", señala. 
El subtítulo del libro de Diana "De la represión del deseo a la pornografía del goce" se refiere a un cambio en el ideario social, que hace que el deseo, en vez de reprimirse, se ostente y hasta se promueva bajo el mandato a gozar lo más posible. En este sentido, no se hace referencia al papel de la pornografía como estímulo sexual, sino a la pretensión de mostrarlo todo. "No sólo se exhibe lo sexual sino también el sufrimiento y la destrucción. Se irrumpe en la intimidad intentando el imposible develado de todos los secretos, para convertirlos en algo para ser consumido, para ser utilizados como show mediático." 

Lea la nota completa "El sujeto escondido en la realidad virtual" De la represión del deseo a la pornografía del goce, en Letra Urbana



Los perfiles virtuales en las redes sociales nos permiten mantenernos en el anonimato, lo que potencia nuestra capacidad para hacer realidad nuestras fantasías. ¿Cuánto de nuestra subjetividad termina convirtiéndose en producto?.   

Facebook, la red social del momento, al permitirnos construir nuestro perfil, nos abre la posibilidad de fabricarnos otra identidad. Esta realidad virtual brinda la posibilidad de exhibir una imagen de nosotros mismos idealizada, y hasta ficticia, que nadie que no nos conozca en la realidad física podría constatar como inventada. 
Este es el planteo que nos hace Diana Cohen Agrest, en su nota "Del conventillo a Facebook" publicada hoy en el diario La Nación. Para la autora, "cuando no media impostura alguna, el perfil del usuario suele ser la consumación de un ejercicio narcisista a compartir en un intercambio que tiene mucho de curiosidad, algo de información y nada de esa verdad insustituible que marca la presencia real del cuerpo del otro."

El tema de la necesidad de exhibirse y las relaciones en el ciberespacio también es abordado por La Lic. Diana Sahovaler de Litvinoff, autora del libro "El sujeto escondido en la realidad virtual, de la represión del deseo a la pornografía del goce", que en entrevista con Letra Urbana expone que "el desarrollo cibernético se ha convertido al mismo tiempo en refugio y en escenario. En refugio ya que favorece las relaciones a distancia, el ocultamiento de la persona y el anonimato. En escenario, porque al mismo tiempo ha permitido un despliegue de fantasías y confesiones que en el universo virtual, encontraron una vía privilegiada de expresión."
Para la escritora, "los avances tecnológicos en comunicación permiten un escondite bastante logrado, ya que el usuario se muestra pero ya no tiene que exponer al desnudo su subjetividad, puede expresar sus fantasías sin riesgo. En especial en esta época donde existe una presión social a decirlo todo, a mostrarlo todo, las personas quieren cumplir con este ideal, pero al mismo tiempo la exposición que esto implica los lleva a retroceder, la virtualidad permite mostrarse sin arriesgar tanto." Tanto es así que "asistimos a la proliferación de amistades y enamoramientos virtuales. Estos tienen distintas cualidades, algunos intentan cultivar la intimidad, otros quieren transformar el vínculo en un espectáculo para que otros lo miren", señala. 
El subtítulo del libro de Diana "De la represión del deseo a la pornografía del goce" se refiere a un cambio en el ideario social, que hace que el deseo, en vez de reprimirse, se ostente y hasta se promueva bajo el mandato a gozar lo más posible. En este sentido, no se hace referencia al papel de la pornografía como estímulo sexual, sino a la pretensión de mostrarlo todo. "No sólo se exhibe lo sexual sino también el sufrimiento y la destrucción. Se irrumpe en la intimidad intentando el imposible develado de todos los secretos, para convertirlos en algo para ser consumido, para ser utilizados como show mediático." 

Lea la nota completa "El sujeto escondido en la realidad virtual" De la represión del deseo a la pornografía del goce, en Letra Urbana



Tu Sexo







Libemos nuestra esencia



en la



humedad de dos cuerpos,



el placer de la carne,



el gemir de besos,



la saliva de nuestras ansias,



el dolor de nuestros huesos.





Bailemos en armonía



al compás de movimientos



la callada melodía



de nuestras respiraciones,



un latido,



sollozos,



ven, no tardes



recorre mis campos



con tus dedos,



y déjame humedecer tus llanos



con el elixir sutil de mis deseos



y sorbo a sorbo



beber el veneno afrodisíaco



de tu sexo.







Libemos nuestra esencia



en la



humedad de dos cuerpos,



el placer de la carne,



el gemir de besos,



la saliva de nuestras ansias,



el dolor de nuestros huesos.





Bailemos en armonía



al compás de movimientos



la callada melodía



de nuestras respiraciones,



un latido,



sollozos,



ven, no tardes



recorre mis campos



con tus dedos,



y déjame humedecer tus llanos



con el elixir sutil de mis deseos



y sorbo a sorbo



beber el veneno afrodisíaco



de tu sexo.