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AMANECER DE LA CENIZA







I.
Mis ojos cuando se abren despiertan la ceniza,
conmueve toda suerte y niega las opciones,
descubriendo en la tierra un hondo paseo virgen
maestro de las máscaras, amigo de silencios
que dialogan con la tierra en últimos momentos
y prestan sus servicios deslizando el adiós.
ll.
La unidad del silencio es un hilo invisible
que avanza y me acomoda en orden a la nada;
mi muerte desnuda toda ausencia sin luces
y se torna olorosa piel de mis misterios.
Ill.
Los modos de mi muerte se besan con el polvo
y me sana el presagio de toda fractura.
Soy la impureza del juicio que me huella
y busco la sentencia para explanar lo intimo
llevando siempre a cuestas la marca del abismo...
lV.
Soy el drama desprendido de una fuerza ciega,
el calcio móvil de una realidad y gusto de robar
el sustrato de los fondos, devorar la planicie
que ofrece la partida y saludar la vida
con los estilos naturales del polvo.


Emilio Montemayor
Cuba
Odomera@aol.com





I.
Mis ojos cuando se abren despiertan la ceniza,
conmueve toda suerte y niega las opciones,
descubriendo en la tierra un hondo paseo virgen
maestro de las máscaras, amigo de silencios
que dialogan con la tierra en últimos momentos
y prestan sus servicios deslizando el adiós.
ll.
La unidad del silencio es un hilo invisible
que avanza y me acomoda en orden a la nada;
mi muerte desnuda toda ausencia sin luces
y se torna olorosa piel de mis misterios.
Ill.
Los modos de mi muerte se besan con el polvo
y me sana el presagio de toda fractura.
Soy la impureza del juicio que me huella
y busco la sentencia para explanar lo intimo
llevando siempre a cuestas la marca del abismo...
lV.
Soy el drama desprendido de una fuerza ciega,
el calcio móvil de una realidad y gusto de robar
el sustrato de los fondos, devorar la planicie
que ofrece la partida y saludar la vida
con los estilos naturales del polvo.


Emilio Montemayor
Cuba
Odomera@aol.com

AMANECER- Emilio Montemayor






Llega el amanecer
y su luz se filtra
por las breves junturas
de mi ventana;
ese amanecer que cristaliza
paisajes y rompe desde el cielo
las voluntades de su paso.
A mi lado yace la sombra
del vaso con lirio que ha dejado
y sobre nuestra cama victoriosa
donde nuestros sexos se entregaron
sin reposo y sin vergüenza reposan
las sábanas que fundió el sudor
de una sola sangre;
volcando mi tristeza en las sábanas
y abrigando mi deseo de tenerla
otra vez entre mis brazos.
Se ha alejado
de esta pequeña hoguera
que prendimos juntos
y en mi alcoba se extingue
la ardentía de sus gritos
dejando en el aire un mórbido
dolor de amor difunto
en punzante recuerdo.
Una evidencia desolada
de vacío sin fin reclama
y perdido en la espiral
de la congoja tiemblo
cada mañana como tiembla
un colegial que va a dar un examen
y tiemblo todo como si en las manos
llevara espigas y cristales.
¡Ignoro si me quiso!
Sólo sé que no se nada
sino amarla como
se ama a la rosa paridamente
fresca, y así la quiero con un orgullo
de oro que corre por mis venas.


Su imagen vuela con más tenacidad
que el giro extenuante del recuerdo
y me quedo mirando sobre el hosco
crepúsculo y naufrago el afán
siguiéndola en su viaje.
Quizás el amor sea simplemente eso:
el gesto de acercarse y después olvidar.
¡OH amada mía
cuyo nombre lejano
y melancólico mi corazón agita!


Emilio Montemayor
Odomera@aol.com








Llega el amanecer
y su luz se filtra
por las breves junturas
de mi ventana;
ese amanecer que cristaliza
paisajes y rompe desde el cielo
las voluntades de su paso.
A mi lado yace la sombra
del vaso con lirio que ha dejado
y sobre nuestra cama victoriosa
donde nuestros sexos se entregaron
sin reposo y sin vergüenza reposan
las sábanas que fundió el sudor
de una sola sangre;
volcando mi tristeza en las sábanas
y abrigando mi deseo de tenerla
otra vez entre mis brazos.
Se ha alejado
de esta pequeña hoguera
que prendimos juntos
y en mi alcoba se extingue
la ardentía de sus gritos
dejando en el aire un mórbido
dolor de amor difunto
en punzante recuerdo.
Una evidencia desolada
de vacío sin fin reclama
y perdido en la espiral
de la congoja tiemblo
cada mañana como tiembla
un colegial que va a dar un examen
y tiemblo todo como si en las manos
llevara espigas y cristales.
¡Ignoro si me quiso!
Sólo sé que no se nada
sino amarla como
se ama a la rosa paridamente
fresca, y así la quiero con un orgullo
de oro que corre por mis venas.


Su imagen vuela con más tenacidad
que el giro extenuante del recuerdo
y me quedo mirando sobre el hosco
crepúsculo y naufrago el afán
siguiéndola en su viaje.
Quizás el amor sea simplemente eso:
el gesto de acercarse y después olvidar.
¡OH amada mía
cuyo nombre lejano
y melancólico mi corazón agita!


Emilio Montemayor
Odomera@aol.com



AMANECER AUTOR: ODOMERA








Llega el amanecer
y su luz se filtra
por las breves junturas
de mi ventana;
ese amanecer que cristaliza
paisajes y rompe desde el cielo
las voluntades de su paso.
A mi lado yace la sombra
del vaso con lirio que ha dejado
y sobre nuestra cama victoriosa
donde nuestros sexos se entregaron
sin reposo y sin vergüenza reposan
las sábanas que fundió el sudor
de una sola sangre;
volcando mi tristeza en las sábanas
y abrigando mi deseo de tenerla
otra vez entre mis brazos.
Se ha alejado
de esta pequeña hoguera
que prendimos juntos
y en mi alcoba se extingue
la ardentía de sus gritos
dejando en el aire un mórbido
dolor de amor difunto
en punzante recuerdo.
Una evidencia desolada
de vacío sin fin reclama
y perdido en la espiral
de la congoja tiemblo
cada mañana como tiembla
un colegial que va a dar un examen
y tiemblo todo como si en las manos
llevara espigas y cristales.
¡Ignoro si me quiso!
Sólo sé que no se nada
sino amarla como
se ama a la rosa paridamente
fresca, y así la quiero con un orgullo
de oro que corre por mis venas.
Su imagen vuela con más tenacidad
que el giro extenuante del recuerdo
y me quedo mirando sobre el hosco
crepúsculo y naufrago el afán
siguiéndola en su viaje.
Quizás el amor sea simplemente eso:
el gesto de acercarse y después olvidar.
¡OH amada mía!
cuyo nombre lejano
y melancólico mi corazón agita!






Odomera@aol.com
Emilio Montemayor
derechos reservados



















Llega el amanecer
y su luz se filtra
por las breves junturas
de mi ventana;
ese amanecer que cristaliza
paisajes y rompe desde el cielo
las voluntades de su paso.
A mi lado yace la sombra
del vaso con lirio que ha dejado
y sobre nuestra cama victoriosa
donde nuestros sexos se entregaron
sin reposo y sin vergüenza reposan
las sábanas que fundió el sudor
de una sola sangre;
volcando mi tristeza en las sábanas
y abrigando mi deseo de tenerla
otra vez entre mis brazos.
Se ha alejado
de esta pequeña hoguera
que prendimos juntos
y en mi alcoba se extingue
la ardentía de sus gritos
dejando en el aire un mórbido
dolor de amor difunto
en punzante recuerdo.
Una evidencia desolada
de vacío sin fin reclama
y perdido en la espiral
de la congoja tiemblo
cada mañana como tiembla
un colegial que va a dar un examen
y tiemblo todo como si en las manos
llevara espigas y cristales.
¡Ignoro si me quiso!
Sólo sé que no se nada
sino amarla como
se ama a la rosa paridamente
fresca, y así la quiero con un orgullo
de oro que corre por mis venas.
Su imagen vuela con más tenacidad
que el giro extenuante del recuerdo
y me quedo mirando sobre el hosco
crepúsculo y naufrago el afán
siguiéndola en su viaje.
Quizás el amor sea simplemente eso:
el gesto de acercarse y después olvidar.
¡OH amada mía!
cuyo nombre lejano
y melancólico mi corazón agita!






Odomera@aol.com
Emilio Montemayor
derechos reservados