Caminaba junto a él justo un paso detrás, seguía su estela con la inercia de quien camina sin el sentido de la duda, con la seguridad de que el peligro se encuentra lejano y la magia de la vida cercana, a sus ocho años de existencia aquél hombre lo representaba todo, representaba ante todo lo incuestionable, la verdad y la luz de la razón, también el respeto y el aliño de temor que conlleva la propia relación humana donde la medida del poder está siempre en los límites de lo permisible.
Llegaron a la altura del coche, de aquél coche que más tarde lograría alcanzar las más altas cotas del planeta, aunque fuera con el esfuerzo titánico del que se siente cerca de pasar a la historia. Aquel cuerpo metálico cuyo capó había sido deformado, herido sin remedio por el juego entre bromas y malintencionado de aquellos niños que saltando sobre su techo lo habían convertido en el campo de batalla de una lucha sin cuartel, donde los cuerpos en los saltos, golpeaban y golpeaban sin descanso hasta haber convertido el techo en una ola inmovilizada por el tiempo.
El hombre contempló aquella deformación inelástica en su apariencia y giró en un pequeño escorzo contemplándome, su voz se mostraba nítida y segura:
- “Fíjate, vamos aplicar el Principio de Pascal: Toda presión ejercida sobre una masa fluida se transmite con igual intensidad en todas direcciones”
Mi respuesta era el silencio cargado de expectación previo al anuncio inevitable del asombro.
Abrió la puerta del coche a su máxima amplitud y con violencia la cerró, la fuerza del golpe transmitida al interior hizo que el “bollo” se deshiciera instantáneamente mientras el ruido de la acción buscara con frenesí mis tímpanos. Jamás olvidaré aquel sonido, aquella imagen, a aquél hombre ni el Principio de Pascal. EL PRINCIPIO DE PASCAL
Caminaba junto a él justo un paso detrás, seguía su estela con la inercia de quien camina sin el sentido de la duda, con la seguridad de que el peligro se encuentra lejano y la magia de la vida cercana, a sus ocho años de existencia aquél hombre lo representaba todo, representaba ante todo lo incuestionable, la verdad y la luz de la razón, también el respeto y el aliño de temor que conlleva la propia relación humana donde la medida del poder está siempre en los límites de lo permisible.
Llegaron a la altura del coche, de aquél coche que más tarde lograría alcanzar las más altas cotas del planeta, aunque fuera con el esfuerzo titánico del que se siente cerca de pasar a la historia. Aquel cuerpo metálico cuyo capó había sido deformado, herido sin remedio por el juego entre bromas y malintencionado de aquellos niños que saltando sobre su techo lo habían convertido en el campo de batalla de una lucha sin cuartel, donde los cuerpos en los saltos, golpeaban y golpeaban sin descanso hasta haber convertido el techo en una ola inmovilizada por el tiempo.
El hombre contempló aquella deformación inelástica en su apariencia y giró en un pequeño escorzo contemplándome, su voz se mostraba nítida y segura:
- “Fíjate, vamos aplicar el Principio de Pascal: Toda presión ejercida sobre una masa fluida se transmite con igual intensidad en todas direcciones”
Mi respuesta era el silencio cargado de expectación previo al anuncio inevitable del asombro.
Abrió la puerta del coche a su máxima amplitud y con violencia la cerró, la fuerza del golpe transmitida al interior hizo que el “bollo” se deshiciera instantáneamente mientras el ruido de la acción buscara con frenesí mis tímpanos. Jamás olvidaré aquel sonido, aquella imagen, a aquél hombre ni el Principio de Pascal.