


"...Enseguida os entra el ritmo largo y lento del país, la flema naturalísima que trae el aire, el bienestar y la abundancia generales. Los sentidos se amodorran un tanto, el pensamiento se deshace en un hilacho suave y en el oído gime el chapoteo leve del agua. Cuando el tren permite ver el paisaje de agua es raro no ver también las grupas carnosas de una barcaza casi sumergida, empujada lentísimamente por un vientecillo espeso que hincha la vela oscura. Estos flancos carnosos son las grupas y esta vela cachazuda es la vela de Holanda. Para sentir toda la delicia del engolfamiento en este nirvana en tono menor, hay que conocer el sabor amargo de agitación vana, miserable y diversa. Holanda es un baño tibio de ropa esponjosa.
El paisaje es muy poca cosa. A veces es una empalizada de maderos frente a un agua espesa, con un molino y las velas sucias de una barcaza. A veces es una línea de tierras bajas diluídas en la esponjosidad del aire húmedo, con una casa de campo y las manchas de los animales sobre la hierba verde. A veces, es un canal, sombreado de olmos que tiemblan en el agua inmóvil entre claros de sol bulliciosos. Todo es llano, horizontal, inmediato, todo está a la vez dibujado y sumergido en un vago velo. La tierra es como un amplio rostro esparcido y maravillado ante el cielo. Y el cielo es la mejor cosa de Holanda, la variedad, la finura y la gracia. Es un cielo con un continuado e innumerable movimiento de nubes que se encastillan, se deshacen, se funden, se dispersan, huyen o se aproximan. En este tiempo son blancas y crema, y al atardecer se mueven entre un delirio de escurriduras rosadas. Esta sucesión de movimientos se produce sobre un cielo de un azul pálido tiernísimo. El jugueteo de las nubes descubre claros de cielo de formas diversas, claros que se abren y se cierran, de colores virginales, transfigurados..."



"...Enseguida os entra el ritmo largo y lento del país, la flema naturalísima que trae el aire, el bienestar y la abundancia generales. Los sentidos se amodorran un tanto, el pensamiento se deshace en un hilacho suave y en el oído gime el chapoteo leve del agua. Cuando el tren permite ver el paisaje de agua es raro no ver también las grupas carnosas de una barcaza casi sumergida, empujada lentísimamente por un vientecillo espeso que hincha la vela oscura. Estos flancos carnosos son las grupas y esta vela cachazuda es la vela de Holanda. Para sentir toda la delicia del engolfamiento en este nirvana en tono menor, hay que conocer el sabor amargo de agitación vana, miserable y diversa. Holanda es un baño tibio de ropa esponjosa.
El paisaje es muy poca cosa. A veces es una empalizada de maderos frente a un agua espesa, con un molino y las velas sucias de una barcaza. A veces es una línea de tierras bajas diluídas en la esponjosidad del aire húmedo, con una casa de campo y las manchas de los animales sobre la hierba verde. A veces, es un canal, sombreado de olmos que tiemblan en el agua inmóvil entre claros de sol bulliciosos. Todo es llano, horizontal, inmediato, todo está a la vez dibujado y sumergido en un vago velo. La tierra es como un amplio rostro esparcido y maravillado ante el cielo. Y el cielo es la mejor cosa de Holanda, la variedad, la finura y la gracia. Es un cielo con un continuado e innumerable movimiento de nubes que se encastillan, se deshacen, se funden, se dispersan, huyen o se aproximan. En este tiempo son blancas y crema, y al atardecer se mueven entre un delirio de escurriduras rosadas. Esta sucesión de movimientos se produce sobre un cielo de un azul pálido tiernísimo. El jugueteo de las nubes descubre claros de cielo de formas diversas, claros que se abren y se cierran, de colores virginales, transfigurados..."