El Yo

El verano está lleno de contrastes. Por el día un sol abrasador le hace a uno buscar la sombra, el cobijo de la frescura de la garganta con sus aguas frías que bajan de las entrañas de la montaña, mientras sentado en una roca observa a las libélulas la danza del amor. Los campos se visten de amarillo pálido mientras las fuentes aún mantienen a su alrededor la hierba verde y fresca. Por la noche la luna viaja atravesando la cúpula celeste acompañada de planetas y estrellas mientras uno se cubre con una manta para dormir escuchando el cantar de los grillos y el ulular del búho.

A lo largo de la historia del ser humano nuestro cerebro se ha ido conformando en base a ideas, filosóficas principalmente, que se han ido transmitiendo de unas generaciones a otras a través de la cultura y que hoy en día son ideas a modo de grandes verdades o realidades difícilmente cuestionables. Una de esas ideas es la individualidad, otra es el devenir, la dualidad, etc.

La individualidad es una invención humana que coge verdadera fuerza no hace más de una par de siglos en ese intento del individuo de separarse del grupo para elegir su propio destino y poder optar al matrimonio, al trabajo, elegir sus ideas, etc.

Desde esos tiempos hasta ahora la idea de individualidad se ha establecido de tal manera en nuestra mente que todo lo que vemos y sentimos está separado de lo demás. Si vemos un árbol, lo vemos separado de los demás árboles y si vemos una hoja la vemos separada del árbol.

Nosotros mismos nos sentimos separados de cualquier cosa, aislados físicamente en las fronteras de nuestro cuerpo y aislados psicológicamente en nuestra experiencia y forma de pensar.

El Yo es un sentimiento, un montón de sentimientos, es el miedo, es la ira, es la soledad, es el dolor, es el deseo, es la ansiedad, es el placer. No es que el Yo tenga un sentimiento  y exista  el Yo por una parte y el sentimiento por otra, de tal forma que el Yo puede hacer algo al respecto del sentimiento… eso más bien es un autoengaño muy generalizado en nuestra cultura. El Yo es el sentimiento mismo y por lo tanto no puede hacer nada al respecto del sentimiento salvo darse cuenta de sí mismo y entonces la relación entre el Yo y el sentimiento cambia, y con ello cambia el propio sentimiento y el mismo Yo.

Sentimiento y pensamiento van de la mano como la causa y el efecto, como el principio y el fin.

El Yo es un pensamiento, un montón de pensamientos, son ideas, son creencias, son experiencias, son opiniones, son valores, son prejuicios, son ilusiones y esperanzas. No es que el Yo tenga un pensamiento y exista el Yo por una parte y el pensamiento por otra, de tal forma que el Yo puede hacer algo al respecto del pensamiento… eso más bien es otro autoengaño de nuestra cultura.

El Yo es el pensamiento mismo y por lo tanto no puede hacer nada al respecto del pensamiento salvo darse cuenta de sí mismo y entonces la relación entre el Yo y el pensamiento cambia, y con ello cambia el propio pensamiento y el mismo Yo. Entonces no hay un Yo que piense, no hay un pensamiento al servicio de una entidad superior llamada Yo o Alma o Espíritu. Entonces llega a su fin eso de decir o pensar “Yo pienso lo que quiero, Yo soy libre de pensar como me plazca, el pensamiento es una acción producto de la voluntad, mi pensamiento es mío, sentir es una prueba de mi sensibilidad, me han hecho daño y por eso siento dolor…”. Entonces el pensamiento es como una mano, tiene una utilidad limitada y ha de ser usado en su justa medida.

Darse cuenta, comprender o percibir que Uno mismo es el pensamiento o es el sentimiento, en el instante en que está ocurriendo, es el principio de la observación. Esa observación transforma al pensamiento, al sentimiento y abre paso a una dimensión que está más allá del conocimiento, más allá de lo personal y del sentimentalismo.

Todas las personas pensamos y sentimos, y en ese sentido somos lo mismo y podemos observarnos sin necesidad de distinguirnos personalmente, lo cual conlleva a una gran confusión. Cuando decimos que podemos observar el pensamiento o el sentimiento, lo decimos en un sentido amplio donde el Tu y el Yo ya no tienen sentido alguno, y desde esa perspectiva se abre un campo inmenso donde es posible aprender sin estar enjaulado entre cuatro paredes psicológicas. Es la observación la que puede hacer uso del pensamiento y en dicha observación no hay lugar para un Observador.



El verano está lleno de contrastes. Por el día un sol abrasador le hace a uno buscar la sombra, el cobijo de la frescura de la garganta con sus aguas frías que bajan de las entrañas de la montaña, mientras sentado en una roca observa a las libélulas la danza del amor. Los campos se visten de amarillo pálido mientras las fuentes aún mantienen a su alrededor la hierba verde y fresca. Por la noche la luna viaja atravesando la cúpula celeste acompañada de planetas y estrellas mientras uno se cubre con una manta para dormir escuchando el cantar de los grillos y el ulular del búho.

A lo largo de la historia del ser humano nuestro cerebro se ha ido conformando en base a ideas, filosóficas principalmente, que se han ido transmitiendo de unas generaciones a otras a través de la cultura y que hoy en día son ideas a modo de grandes verdades o realidades difícilmente cuestionables. Una de esas ideas es la individualidad, otra es el devenir, la dualidad, etc.

La individualidad es una invención humana que coge verdadera fuerza no hace más de una par de siglos en ese intento del individuo de separarse del grupo para elegir su propio destino y poder optar al matrimonio, al trabajo, elegir sus ideas, etc.

Desde esos tiempos hasta ahora la idea de individualidad se ha establecido de tal manera en nuestra mente que todo lo que vemos y sentimos está separado de lo demás. Si vemos un árbol, lo vemos separado de los demás árboles y si vemos una hoja la vemos separada del árbol.

Nosotros mismos nos sentimos separados de cualquier cosa, aislados físicamente en las fronteras de nuestro cuerpo y aislados psicológicamente en nuestra experiencia y forma de pensar.

El Yo es un sentimiento, un montón de sentimientos, es el miedo, es la ira, es la soledad, es el dolor, es el deseo, es la ansiedad, es el placer. No es que el Yo tenga un sentimiento  y exista  el Yo por una parte y el sentimiento por otra, de tal forma que el Yo puede hacer algo al respecto del sentimiento… eso más bien es un autoengaño muy generalizado en nuestra cultura. El Yo es el sentimiento mismo y por lo tanto no puede hacer nada al respecto del sentimiento salvo darse cuenta de sí mismo y entonces la relación entre el Yo y el sentimiento cambia, y con ello cambia el propio sentimiento y el mismo Yo.

Sentimiento y pensamiento van de la mano como la causa y el efecto, como el principio y el fin.

El Yo es un pensamiento, un montón de pensamientos, son ideas, son creencias, son experiencias, son opiniones, son valores, son prejuicios, son ilusiones y esperanzas. No es que el Yo tenga un pensamiento y exista el Yo por una parte y el pensamiento por otra, de tal forma que el Yo puede hacer algo al respecto del pensamiento… eso más bien es otro autoengaño de nuestra cultura.

El Yo es el pensamiento mismo y por lo tanto no puede hacer nada al respecto del pensamiento salvo darse cuenta de sí mismo y entonces la relación entre el Yo y el pensamiento cambia, y con ello cambia el propio pensamiento y el mismo Yo. Entonces no hay un Yo que piense, no hay un pensamiento al servicio de una entidad superior llamada Yo o Alma o Espíritu. Entonces llega a su fin eso de decir o pensar “Yo pienso lo que quiero, Yo soy libre de pensar como me plazca, el pensamiento es una acción producto de la voluntad, mi pensamiento es mío, sentir es una prueba de mi sensibilidad, me han hecho daño y por eso siento dolor…”. Entonces el pensamiento es como una mano, tiene una utilidad limitada y ha de ser usado en su justa medida.

Darse cuenta, comprender o percibir que Uno mismo es el pensamiento o es el sentimiento, en el instante en que está ocurriendo, es el principio de la observación. Esa observación transforma al pensamiento, al sentimiento y abre paso a una dimensión que está más allá del conocimiento, más allá de lo personal y del sentimentalismo.

Todas las personas pensamos y sentimos, y en ese sentido somos lo mismo y podemos observarnos sin necesidad de distinguirnos personalmente, lo cual conlleva a una gran confusión. Cuando decimos que podemos observar el pensamiento o el sentimiento, lo decimos en un sentido amplio donde el Tu y el Yo ya no tienen sentido alguno, y desde esa perspectiva se abre un campo inmenso donde es posible aprender sin estar enjaulado entre cuatro paredes psicológicas. Es la observación la que puede hacer uso del pensamiento y en dicha observación no hay lugar para un Observador.