EL ODIO
Raquel caminaba por las calles de la amargura con el corazón encogido ante la impotencia de no poder hacer nada para salvarlos, su familia y sus amigos, fueron apresados esa mañana del viernes santo.
Sumergida en el mar del llanto, ante tanta barbarie cometida por el ser humano, rebuscaba en los cajones de su mente, alguna señal, algún signo que le abriera un sendero de esperanza, para poder ayudarles a escapar de ese cruel destino que les esperaba si subían al tren, cuyo trayecto final era la muerte.
Ella tuvo la suerte de cara, y logró esconderse en un putrefacto ataúd, conviviendo con la muerte frente a frente, dentro y fuera de la carcomida madera.
El sabor de la muerte era más benevolente dentro, al lado del cadáver que yacía con ella.
El sabor de la muerte era más benevolente dentro, al lado del cadáver que yacía con ella.
La angustia la tenía atada con la cuerda del miedo, ese miedo que congela las venas, con los hielos del temor a la tortura, si conseguían apresarla los corazones de gélidas miradas, frías y duras como el acero.
Rebuscaba entre sus archivos mentales, la dirección del jefe de la resistencia y una esperanzadora luz brilló en su dolorido corazón,
hecho añicos, ante el dantesco espectáculo que contemplaron sus ojos
cuando escapaba del Gueto, por las alcantarillas de las ruinosas casas, plagadas de malolientes y peligrosas ratas, que eran santas frente a los carniceros y asesinos de hombres, mujeres y niños por pertenecer a una determinada raza.
Las lágrimas brotaban de sus ojos al pensar
que el odio en el ser humano es la peor arma que existe sobre la tierra.
El odio por nuestros hermanos por tener diferente color, por pertenecer a otra religión. El odio por ser de distintas ideas y pensamientos diferentes.
El odio, ese odio que mata al amor, que envilece al hombre, convirtiéndolo en un brutal animal, desterrando toda huella de misericordia, de bondad y de compasión que vive en el corazón humano.
El odio, ese odio que mata al amor, que envilece al hombre, convirtiéndolo en un brutal animal, desterrando toda huella de misericordia, de bondad y de compasión que vive en el corazón humano.
El valor se adueñó de su frágil cuerpo, empujándola por las callejuelas
de las fantasmales ruinas que quedaban en pie, tras la caída de las bombas que llovieron del cielo, durante el bombardeo en la madrugada,
ahuyentado a los verdugos que corrieron como libres buscando
su segura madriguera.
Agazapada a veces para no ser vista por los centinelas,
aprovechó el tenebroso manto que la oscuridad de la noche le ofrecía,
y puso rumbo a hacia donde se escondía, Michael, el jefe de la resistencia, su tío.
Escrito por Pili Ruiz el día 27 de Marzo del 2011
^_________Pili_________^
EL ODIO
Raquel caminaba por las calles de la amargura con el corazón encogido ante la impotencia de no poder hacer nada para salvarlos, su familia y sus amigos, fueron apresados esa mañana del viernes santo.
Sumergida en el mar del llanto, ante tanta barbarie cometida por el ser humano, rebuscaba en los cajones de su mente, alguna señal, algún signo que le abriera un sendero de esperanza, para poder ayudarles a escapar de ese cruel destino que les esperaba si subían al tren, cuyo trayecto final era la muerte.
Ella tuvo la suerte de cara, y logró esconderse en un putrefacto ataúd, conviviendo con la muerte frente a frente, dentro y fuera de la carcomida madera.
El sabor de la muerte era más benevolente dentro, al lado del cadáver que yacía con ella.
El sabor de la muerte era más benevolente dentro, al lado del cadáver que yacía con ella.
La angustia la tenía atada con la cuerda del miedo, ese miedo que congela las venas, con los hielos del temor a la tortura, si conseguían apresarla los corazones de gélidas miradas, frías y duras como el acero.
Rebuscaba entre sus archivos mentales, la dirección del jefe de la resistencia y una esperanzadora luz brilló en su dolorido corazón,
hecho añicos, ante el dantesco espectáculo que contemplaron sus ojos
cuando escapaba del Gueto, por las alcantarillas de las ruinosas casas, plagadas de malolientes y peligrosas ratas, que eran santas frente a los carniceros y asesinos de hombres, mujeres y niños por pertenecer a una determinada raza.
Las lágrimas brotaban de sus ojos al pensar
que el odio en el ser humano es la peor arma que existe sobre la tierra.
El odio por nuestros hermanos por tener diferente color, por pertenecer a otra religión. El odio por ser de distintas ideas y pensamientos diferentes.
El odio, ese odio que mata al amor, que envilece al hombre, convirtiéndolo en un brutal animal, desterrando toda huella de misericordia, de bondad y de compasión que vive en el corazón humano.
El odio, ese odio que mata al amor, que envilece al hombre, convirtiéndolo en un brutal animal, desterrando toda huella de misericordia, de bondad y de compasión que vive en el corazón humano.
El valor se adueñó de su frágil cuerpo, empujándola por las callejuelas
de las fantasmales ruinas que quedaban en pie, tras la caída de las bombas que llovieron del cielo, durante el bombardeo en la madrugada,
ahuyentado a los verdugos que corrieron como libres buscando
su segura madriguera.
Agazapada a veces para no ser vista por los centinelas,
aprovechó el tenebroso manto que la oscuridad de la noche le ofrecía,
y puso rumbo a hacia donde se escondía, Michael, el jefe de la resistencia, su tío.
Escrito por Pili Ruiz el día 27 de Marzo del 2011
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