
Resalto el siguiente "Elogio de la lectura" de Carlos Marzal publicado en EL LIBRO ANDALUZ nº 58:
"Como todas las vocaciones de solitario, el acto de lectura responde a un sinfín de motivos que se pueden cifrar en un motivo único: al solitario le encanta su vocación. Hasta el extremo de que a cierta altura de su vida no sabría explicar cómo se produjo el hechizo: si la soledad de su naturaleza lo empujó a al lectura, o si el amor a la lectura lo ha convertido en alguien que se aparta del mundo, en busca de la soledad, para estar entre libros.
Que más da en definitiva, qué importan las razones de los asuntos que amammos. ¿Quién sabe por qué funciona el engranaje de su corazón?
El inventario de causas privadas por las que cada lector ha sucumbido a su pasión constoituye un subgénero propio dentro de la literatura intimista. No hay egotismo que se precie y que no se haya deleitado alguna vez en los pormenores de su noviazgo libresco, porque no hay ningún enamorado a quien le baste el disfrute clandestino de su amor: necesita la complacencia de confesárselo al mundo. Las hemos oído mil y una veces, y mil y una veces las hemos corroborado en nuestra misma carne, durante mil y una noches.
Leemos-quién lo probó lo sabe;y quién no lo hizo todavía lo acabará sabiendo, cuando lo pruebe-para vivir otras vidas imposibles, para alimentar nuestra curiosidad, para aprender lo nuevo, para sentar lo viejo aprendido. Leemos para matar el tiempo-esa quimera-, mientras el tiempo se afana en matarnos. Leemos por el placer de leer, por el gusto de observándonos haciéndolo. Leemos para leer acerca del placer, para entender en que consiste y acrecentarlo en nuestra vida. Leemos por motivos tan diferentes que no caben en ninguna enumeración sensata (aunque nosotros, que padecemos el mal de Alonso Quijano, la chifladura de no discernir lo que sucede en los libros y lo que sucede en la realidad, perdimos la sensatez hace ya mucho). Leemos porque sí, que es el sumo porqué. ¿Es que hay algo que hacer mejor ahora?
Me figuro que leo, porque soy un siervo de las palabras, uno de los más gozosos esclavos del lenguaje. Me gusta verlas reñir, arremolinarse en tolveras; me gusta verlas resplandecer como joyeles, o estarse inmóviles, sin otra luz que su condición mineral.
Se que leo por necesidad física, por hambre de fábulas, por apetito de leyendas, porque no hay cultura ni civilización-no ha habido hombre sobre la tierra-que no precise el pan de las ficciones, ese pan que se come junto con el pan nuestro de cada día.
Sospecho que leo por interés sensitivo, por la voluptuosa posesión que se hace de cada libro entre las manos: por tocarlo, por acariciarlo, por olerlo, por llevármelo a la boca y descubrir su sabor solo suyo. Leer es una paradójica actividad de naturaleza sensualidad: una suerte de multitudinario onanismo compartido.
Tengo la certidumbre de que leo porque existe un libro en una de cuyas páginas se ha escrito el secreto que necesitamos para la averigüación. ¿Qué secreto?¿Qué averigüación? No sé: están en esa página, y ando buscándolos. Tal vez sean la averigüación y el secreto de andar buscándolos sin más. Ya os lo diré cuando los encuentre, cuando se cumpla en mí el destino de los solitarios que nunca más hemos vuelto a estar solos en nuestro destino, porque estamos leyendo"
Las palabras y su sabor mineral son doradas en Carlos Marzal. La eternidad de su origen se pierde en el tiempo, pero su memoria y el goze de su recuerdo nos mantiene vivos en nuestras lecturas, elegidas libremente, los libros nos demuestran siempre que no estamos tan solos como parece. Enhorabuena Carlos por tu Elogio de la lectura. Nos vemos muy pronto.

Resalto el siguiente "Elogio de la lectura" de Carlos Marzal publicado en EL LIBRO ANDALUZ nº 58:
"Como todas las vocaciones de solitario, el acto de lectura responde a un sinfín de motivos que se pueden cifrar en un motivo único: al solitario le encanta su vocación. Hasta el extremo de que a cierta altura de su vida no sabría explicar cómo se produjo el hechizo: si la soledad de su naturaleza lo empujó a al lectura, o si el amor a la lectura lo ha convertido en alguien que se aparta del mundo, en busca de la soledad, para estar entre libros.
Que más da en definitiva, qué importan las razones de los asuntos que amammos. ¿Quién sabe por qué funciona el engranaje de su corazón?
El inventario de causas privadas por las que cada lector ha sucumbido a su pasión constoituye un subgénero propio dentro de la literatura intimista. No hay egotismo que se precie y que no se haya deleitado alguna vez en los pormenores de su noviazgo libresco, porque no hay ningún enamorado a quien le baste el disfrute clandestino de su amor: necesita la complacencia de confesárselo al mundo. Las hemos oído mil y una veces, y mil y una veces las hemos corroborado en nuestra misma carne, durante mil y una noches.
Leemos-quién lo probó lo sabe;y quién no lo hizo todavía lo acabará sabiendo, cuando lo pruebe-para vivir otras vidas imposibles, para alimentar nuestra curiosidad, para aprender lo nuevo, para sentar lo viejo aprendido. Leemos para matar el tiempo-esa quimera-, mientras el tiempo se afana en matarnos. Leemos por el placer de leer, por el gusto de observándonos haciéndolo. Leemos para leer acerca del placer, para entender en que consiste y acrecentarlo en nuestra vida. Leemos por motivos tan diferentes que no caben en ninguna enumeración sensata (aunque nosotros, que padecemos el mal de Alonso Quijano, la chifladura de no discernir lo que sucede en los libros y lo que sucede en la realidad, perdimos la sensatez hace ya mucho). Leemos porque sí, que es el sumo porqué. ¿Es que hay algo que hacer mejor ahora?
Me figuro que leo, porque soy un siervo de las palabras, uno de los más gozosos esclavos del lenguaje. Me gusta verlas reñir, arremolinarse en tolveras; me gusta verlas resplandecer como joyeles, o estarse inmóviles, sin otra luz que su condición mineral.
Se que leo por necesidad física, por hambre de fábulas, por apetito de leyendas, porque no hay cultura ni civilización-no ha habido hombre sobre la tierra-que no precise el pan de las ficciones, ese pan que se come junto con el pan nuestro de cada día.
Sospecho que leo por interés sensitivo, por la voluptuosa posesión que se hace de cada libro entre las manos: por tocarlo, por acariciarlo, por olerlo, por llevármelo a la boca y descubrir su sabor solo suyo. Leer es una paradójica actividad de naturaleza sensualidad: una suerte de multitudinario onanismo compartido.
Tengo la certidumbre de que leo porque existe un libro en una de cuyas páginas se ha escrito el secreto que necesitamos para la averigüación. ¿Qué secreto?¿Qué averigüación? No sé: están en esa página, y ando buscándolos. Tal vez sean la averigüación y el secreto de andar buscándolos sin más. Ya os lo diré cuando los encuentre, cuando se cumpla en mí el destino de los solitarios que nunca más hemos vuelto a estar solos en nuestro destino, porque estamos leyendo"
Las palabras y su sabor mineral son doradas en Carlos Marzal. La eternidad de su origen se pierde en el tiempo, pero su memoria y el goze de su recuerdo nos mantiene vivos en nuestras lecturas, elegidas libremente, los libros nos demuestran siempre que no estamos tan solos como parece. Enhorabuena Carlos por tu Elogio de la lectura. Nos vemos muy pronto.