Navidad de 1884. Un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en una cuna de hierro. Se llama Simón. La noche ha cubierto con su manto todo lo que la vista alcanza. Casas y tierras de labor, monte y sierra.
Los relojes de la Iglesia Mayor de Alhama y de la Catedral de Málaga se paran a las nueve menos cinco hermanándose premonitoriamente: trece minutos de cadencia…
La gente llena las calles, baile y fiesta, alegría tras el solsticio de invierno, justo momento en que la luz empezará a surgir tras las montañas cada día más temprano en su eterna lucha contra la oscuridad. Una nueva luz que trae la esperanza a todos y es el auténtico origen de tanta alegría.
Son las nueve y ocho minutos. La luz nacerá en la Noche después del Caos, después de lo inabarcable e incomprensible. El cielo estaba despejado y la noche serena cuando la tierra tembló. Veinte segundos. El suelo se movió, se alzó, se hundió y hasta giró sobre sí mismo.
Digno de una fuerza tremenda y divina, el maravilloso acto de dar a luz no pudo aparecer sino a través de un doloroso y terrible parto.
Los muros de las casas se agrietan, los techos se desploman dejando a la vista las estrellas que pronto se cubrirán por una nube de polvo que hará más negra la noche.
El pánico se apodera de miles de personas mientras cientos de ellas yacen aplastadas por sus propios hogares.
Las casas al filo de los tajos se precipitan en un vuelo de decenas de metros. Se precipitan con todo lo que contienen. Las vidas de muchos caen al lecho del río, allá abajo, donde el vértigo les conduce. Las vidas de carne y hueso, pero también sus historias, sus recuerdos, sus enseres mezclados con cascotes, paredes y techos, sucumbidos con los enormes peñascos que los sustentaban al borde del abismo.
La tierra se abrió devorando bestias y árboles absorbidos verticalmente por su propio peso a través de las grietas. Grietas que desprenden gases con olor a azufre, fuentes de vapores y aguas calientes, columnas fosforadas de varios metros resplandeciendo como si de espectros se tratara. El Hades profundo refleja toda la fuerza de su fuego primigenio.
Manantiales se secan y nuevas fuentes emanan con aguas calientes y límpidas, o turbias, depositando finísimas arenas silíceas. Corrientes de agua que cambian su curso, se detienen o desaparecen. No muy lejos de allí el mar se embravece en Motril y se retira en Salobreña.
Muchas vidas y toda una historia quedan bajo los escombros. Y toda una noche por delante para devolver la luz a quienes la han perdido entre tanta devastación y muerte.
Navidad de 1884. En una casa de La Cruz, un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en una cuna de hierro duerme ajeno a fiestas y celebraciones. Cuando la tierra tembló la casa quiso aguantar la embestida pero las vigas cedieron dejando caer el techo y las paredes con toda la fuerza de su peso sobre la cuna. Su padre, Manuel, y su madre, Sampedro, estaban en la puerta de la casa. La fachada, tras un intento de mantenerse firme, se agrietó y cayó al interior. Algunos trozos de tejas golpearon sus cabezas, pero no hubo dolor sino asombro. En unos segundos su casa se vino abajo. La noche no dejaba ver la magnitud de la catástrofe, pero no fue difícil darse cuenta de que la casa ya solo era un amasijo de ruinas. El terror y la desesperación se apoderó de sus corazones: -¡Dios mío, el niño!- Tras unos momentos de desconcierto sólo una idea gobernaba su mentes: el niño Simón.
Los gritos de dolor y desesperación llenaban las calles, los más calmados empezaron a ayudar a los heridos, la noche iba a ser larga.
Entre tanto caos, pasado el primer impacto, Manuel, sus hijos mayores y algunos vecinos comenzaron desesperanzados y desescombrar en busca del pequeño. No había esperanza, sólo el deseo de dar el último abrazo y llenar de besos lo que ya no sería más que un diminuto cuerpo sin vida. Pero una madre no se rinde ni pierde la esperanza nunca, Sampedro no se resignaba, sólo gritaba y lloraba presa de una crisis nerviosa apartando cascotes y vigas de madera. Tuvieron que sacarla de allí para intentar calmarla. Apremiados por el estado de la madre, Manuel y sus hijos retiraban ansiosamente todo aquello que la fuerza de sus brazos le permitía. Buscaban el lugar en el que no hace mucho hubo una habitación con un niño.
Quejas y lamentos no dejaban de oírse en boca de heridos y familiares en toda la calle, pero un leve instante de silencio dejó espacio para un hueco lamento convertido repentinamente en llanto abierto. -¡El niño!- Allí se oía, bajo una gran pantalla desgajada de tejado. Todos acudieron a retirar tejas, vigas, piedras. En unos interminables minutos el llanto se liberó de la prisión que lo hacía casi mudo y se extendió por el polvoriento espacio. Simón vio de nuevo la luz, aunque fuera la tibia luz de una noche polvorienta y estrellada. Simón, aunque libre, parecía no estarlo: los barrotes de su cuna de hierro asemejaban una diminuta cárcel que lo mantenía prisionero pero a salvo. Con la primera embestida del terremoto la cuna volcó cayendo el niño al suelo y sobre él la misma cuna bocabajo que, sin tocarlo, lo cubrió. Cayó la casa entonces sobre la cuna de hierro. Ese fue el milagro, como tantos otros que sucedieron en el aciago día en que la madre tierra se estremeció en un doloroso parto del que emergió la luz, en el que volvió la luz después del caos. Aquellos que seguísteis las andanzas de Juanillo Simón (la última creo publicada el 15 de diciembre de 2008) estáis (estamos) de enhorabuena porque me ha llegado esto:
Navidad de 1884. Un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en una cuna de hierro. Se llama Simón. La noche ha cubierto con su manto todo lo que la vista alcanza. Casas y tierras de labor, monte y sierra.
Los relojes de la Iglesia Mayor de Alhama y de la Catedral de Málaga se paran a las nueve menos cinco hermanándose premonitoriamente: trece minutos de cadencia…
La gente llena las calles, baile y fiesta, alegría tras el solsticio de invierno, justo momento en que la luz empezará a surgir tras las montañas cada día más temprano en su eterna lucha contra la oscuridad. Una nueva luz que trae la esperanza a todos y es el auténtico origen de tanta alegría.
Son las nueve y ocho minutos. La luz nacerá en la Noche después del Caos, después de lo inabarcable e incomprensible. El cielo estaba despejado y la noche serena cuando la tierra tembló. Veinte segundos. El suelo se movió, se alzó, se hundió y hasta giró sobre sí mismo.
Digno de una fuerza tremenda y divina, el maravilloso acto de dar a luz no pudo aparecer sino a través de un doloroso y terrible parto.
Los muros de las casas se agrietan, los techos se desploman dejando a la vista las estrellas que pronto se cubrirán por una nube de polvo que hará más negra la noche.
El pánico se apodera de miles de personas mientras cientos de ellas yacen aplastadas por sus propios hogares.
Las casas al filo de los tajos se precipitan en un vuelo de decenas de metros. Se precipitan con todo lo que contienen. Las vidas de muchos caen al lecho del río, allá abajo, donde el vértigo les conduce. Las vidas de carne y hueso, pero también sus historias, sus recuerdos, sus enseres mezclados con cascotes, paredes y techos, sucumbidos con los enormes peñascos que los sustentaban al borde del abismo.
La tierra se abrió devorando bestias y árboles absorbidos verticalmente por su propio peso a través de las grietas. Grietas que desprenden gases con olor a azufre, fuentes de vapores y aguas calientes, columnas fosforadas de varios metros resplandeciendo como si de espectros se tratara. El Hades profundo refleja toda la fuerza de su fuego primigenio.
Manantiales se secan y nuevas fuentes emanan con aguas calientes y límpidas, o turbias, depositando finísimas arenas silíceas. Corrientes de agua que cambian su curso, se detienen o desaparecen. No muy lejos de allí el mar se embravece en Motril y se retira en Salobreña.
Muchas vidas y toda una historia quedan bajo los escombros. Y toda una noche por delante para devolver la luz a quienes la han perdido entre tanta devastación y muerte.
Navidad de 1884. En una casa de La Cruz, un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en una cuna de hierro duerme ajeno a fiestas y celebraciones. Cuando la tierra tembló la casa quiso aguantar la embestida pero las vigas cedieron dejando caer el techo y las paredes con toda la fuerza de su peso sobre la cuna. Su padre, Manuel, y su madre, Sampedro, estaban en la puerta de la casa. La fachada, tras un intento de mantenerse firme, se agrietó y cayó al interior. Algunos trozos de tejas golpearon sus cabezas, pero no hubo dolor sino asombro. En unos segundos su casa se vino abajo. La noche no dejaba ver la magnitud de la catástrofe, pero no fue difícil darse cuenta de que la casa ya solo era un amasijo de ruinas. El terror y la desesperación se apoderó de sus corazones: -¡Dios mío, el niño!- Tras unos momentos de desconcierto sólo una idea gobernaba su mentes: el niño Simón.
Los gritos de dolor y desesperación llenaban las calles, los más calmados empezaron a ayudar a los heridos, la noche iba a ser larga.
Entre tanto caos, pasado el primer impacto, Manuel, sus hijos mayores y algunos vecinos comenzaron desesperanzados y desescombrar en busca del pequeño. No había esperanza, sólo el deseo de dar el último abrazo y llenar de besos lo que ya no sería más que un diminuto cuerpo sin vida. Pero una madre no se rinde ni pierde la esperanza nunca, Sampedro no se resignaba, sólo gritaba y lloraba presa de una crisis nerviosa apartando cascotes y vigas de madera. Tuvieron que sacarla de allí para intentar calmarla. Apremiados por el estado de la madre, Manuel y sus hijos retiraban ansiosamente todo aquello que la fuerza de sus brazos le permitía. Buscaban el lugar en el que no hace mucho hubo una habitación con un niño.
Quejas y lamentos no dejaban de oírse en boca de heridos y familiares en toda la calle, pero un leve instante de silencio dejó espacio para un hueco lamento convertido repentinamente en llanto abierto. -¡El niño!- Allí se oía, bajo una gran pantalla desgajada de tejado. Todos acudieron a retirar tejas, vigas, piedras. En unos interminables minutos el llanto se liberó de la prisión que lo hacía casi mudo y se extendió por el polvoriento espacio. Simón vio de nuevo la luz, aunque fuera la tibia luz de una noche polvorienta y estrellada. Simón, aunque libre, parecía no estarlo: los barrotes de su cuna de hierro asemejaban una diminuta cárcel que lo mantenía prisionero pero a salvo. Con la primera embestida del terremoto la cuna volcó cayendo el niño al suelo y sobre él la misma cuna bocabajo que, sin tocarlo, lo cubrió. Cayó la casa entonces sobre la cuna de hierro. Ese fue el milagro, como tantos otros que sucedieron en el aciago día en que la madre tierra se estremeció en un doloroso parto del que emergió la luz, en el que volvió la luz después del caos.