EL VERTEDERO

High quality dicen los anglosajones, de gran calidad decimos por aquí. Para mi lo es este relato: buen ritmo y con lecturas interesantes...


EL VERTEDERO


Una lejana mancha blanca se divisaba en el horizonte, sobre el mar. Al otro lado, una amenazante oscuridad cubría todo el valle e impedía la visión de las montañas. La mancha blanca crecía a cada momento, al tiempo que se iba disgregando. Poco a poco la blancura se fue transformando en multitud de líneas y después esta líneas en infinitos puntos. En el momento en que los puntos empezaron a mostrar su verdadero ser ya cubrían parte del cielo.

Los cientos de gaviotas, perfectamente ordenadas en largas ristras avanzaban en forma de deltas, cada una de ellas con su guía, y delante de todas la gran guía.
Después de una corta jornada de vuelo, tras pasar el valle, en el inicio de la ladera de las montañas se descubrió el destino de las argénteas aves. A un gesto de la gran guía, con el mismo orden que en el vuelo les proporcionaba, comenzaron gradualmente el descenso y posterior aterrizaje.

No era desde luego un hermoso paisaje. No era un ejercicio por la búsqueda de la belleza sino una lucha por la supervivencia. Atrás quedaron los tiempos en que grandes bandadas de gaviotas paraban en los márgenes del río y en los humedales cercanos en busca de cangrejos y algún que otro pez. Ahora cientos de ellas se agolpaban en el inmenso basurero que le servía de comedor.
Comenzó, pues, el festín, pútrido pero nutritivo. Y allí, sobre el promontorio, erguida, vigilaba la gran guía destacando sobre la masa blanca de aves en tremendo griterío.

En el nuevo emplazamiento el desorden era la nota predominante. Como miserable era el banquete, miserable era el destino de las gaviotas. La comida abundaba en cantidad pero también en variedad (no desde luego en calidad). Las relaciones vecinales eran presididas por la rapiña. Había individuos jóvenes y viejos, fuertes y débiles... Pero una gaviota de entre todas no necesitaba defenderse a picotazos , ni robar del pico las piltrafas de comida a las demás. La gran guía tenía una corte de pequeñas y fuertes escoltas que escogían los mejores manjares para ella. Nadie podía oponerse a su privilegio. Alguien debía guiarlas, y ésta era la más fuerte y sabia: y debía seguir siéndolo. Y era fuerte, sí. Tuvo que demostrarlo, cuando era una simple gaviota, luchando por su comida allá en el humedal. Y era sabia, ¡claro que sí!: no en vano conocía los secretos del vuelo, los vientos, las nubes, las montañas... Mucho tuvo que luchar para ser gran guía, pero lo consiguió. Ahora sólo las más fuertes de entre todas las gaviotas tendrían el honor de servirle y de recibir los conocimientos básicos de vuelo y localización de riquezas. La supervivencia de la colonia dependía de ello.

Mientras, en el basurero seguían los tétricos alaridos de las gaviotas argénteas. Gritos amenazantes que exigían comida, gritos de dolor de las que no terminaban de llevarse algo al buche. En definitiva, un desorden masificado, una masa desordenada. Y, sin embargo, una masa controlada, que formaba una estructura social, un desorden ordenado para un fin: la supervivencia.

Pero no toda la masa era uniforme: entre fuertes y débiles, sabios e ignorantes, existían elementos peculiares. Entre las débiles, algunas preferían apartarse a las inmediaciones y allí, al margen del basurero y su agonía, buscar las casi inexistentes briznas de alimento que pudieran encontrar. Entre éstas se hallaban algunas de las más viejas, antiguas derrotadas en la lucha por ocupar un puesto de guía o algunas de las pocas que habían sobrevivido, no se sabe cómo, a tan avanzada edad. Todas ellas eran despreciadas por la masa y, sobre todo, controladas por las fuertes. Razonablemente podían ser perniciosas por inadaptadas y asociables.
De repente de un punto perdido en la sonora masa blanca surgió una gran gaviota joven que, de no ser porque cientos de alas abiertas y plumas desprendidas cubrían las suyas propias, hubiera sido vista y admirada por todas. Pero pocas se dieron cuenta, a pocas le importaba y ninguna se preguntó ni se supuso nada fuera de los normal.

Sin embargo, espléndida en su porte y en el control de su vuelo, esta gaviota tan especial tenía planes muy distintos a los generalmente comprensibles. Algo recorría sus pensamientos azarosamente: “Levantar el vuelo, huir, dejarlo todo...”
Y, ¿por qué? ¿Quién era ese impetuoso ejemplar? ¿Qué le llevó a tan desconcertante reacción? Con esa fuerza y decisión no podía ser más que una vigilante. Sin embargo ese límpido plumaje blanco (y hasta cegador si el sol lo señalara con sus rayos) era muy especial. Ninguna gaviota podía desconocer el origen de tan arrogante figura. Era la heredera, la hija de la gran guía, la que pronto ocuparía su lugar si ninguna otra osaba desafiarla y vencerla.

Y, pese al extraño comportamiento y a la gravedad de sus impulsos, algo había en sus ojos que denotaba una inmensa convicción. Y ese “huir, huir...” que le invitaba desde dentro de sí misma no conocía de más causa que el propio deseo de llevarlo a cabo. Tan claro era el fin como recóndita la causa.
Ya en el aire, dirigió su mirada al infinito horizonte y en un hábil desplazamiento capturó una leve ola de aire que le bastó para apartarse de la vorágine. Tal era su pericia; no en vano era quien era.

Con pocos testigos que sospecharan el desvarío que iba a cometer, y menos que quisieran evitarlo, su último deseo incontenible era saciar su sed en los charcos de las inmediaciones. El agua es el único bagaje imprescindible si se quiere llegar lejos, sobre todo para un ave marina.

Y allí, frente a frente, se encontró con una vieja gaviota de mirada leve pero profunda. “¿Qué miras tan insidiosamente? –le espetó- ¡Aparta inmediatamente vieja gaviota!” La anciana con un leve matiz de orgullo le respondió: “No es mi intención molestarte, ni mi mirada contiene insidia, sino extrañeza por encontrar a la Heredera en un lugar tan alejado del suyo”. Sorprendida la heredera le repuso: “Tus ojos tienen un brillo acusador. ¿Qué puede tener una sierva como tú en su pensamiento que me pueda inquietarme?”

“Nada hay en mi pensamiento más que el recuerdo de antiguas luchas por gobernar esta prolífica colonia. Luchas que me llevaron a esta marginalidad que nunca pensé tan sosegadora y placentera. Señores hay pocos, los súbditos son multitud, pero jamás han dado temor a sus amos. Ese temor quizás lo trajeras dentro de ti antes de verme”. La joven gaviota, sin saber por qué continuó hablando: “Yo no temo a nada. Soy la heredera y, si estoy aquí es porque huyo del estúpido destino que me aguarda siendo amo y señor de tan esperpéntica bandada de desechos sin vida propia. Si lamentable es ser un vil esclavo necesitado de que le marquen el camino, lamentable es ser un amo que sólo busca sentirse amo, que necesita ser amo y que depende de que los esclavos le hagan creer lo que quiere creer. Yo no seré amo ni esclavo.” La anciana gaviota con un gesto parecido a una sonrisa le dijo: “También tú pareces necesitar ser, al menos, escuchado. Pero te diré una cosa, no me extraña tu miedo teniendo en cuenta que en el futuro has elegido no ser nada. Ni amo, ni esclavo. ¿No crees mejor seguir siendo lo que eres, una gaviota? Puedes ser amo y esclavo el mismo tiempo. No son cosas distintas. Tú mismo lo has descubierto: son extremos de una misma necesidad. Cada uno elige la que le es más cómoda. Pero sólo algunas se esfuerzan por estar justo en medio. Debemos ser amos y esclavos de nosotros mismos, aunque tengamos que vivir no precisamente en medio de todos, sino más bien el margen, como seres extraños.” La respuesta fue despectiva y tajante. La que no quiso ser heredera terminó con estas palabras. “Muy bello e ingenioso, pero yo voy a ser yo misma y nada más. Tampoco voy a caer en el error de creer a quien se esconde bajo la forma de amo, llamándose maestro. Yo no voy a ser discípulo, no voy a ser esclavo de tu sabiduría.” Con su habitual gesto soberbio, giró la cabeza y levantó el vuelo con pericia, como su padre le enseñó. Ya no oiría las últimas palabras de la anciana que tras él terminaba... “Quizás yo también haya aprendido algo de ti: ser maestro y aprendiz al mismo tiempo. Tú, sin embargo, estás tan deseoso de ser tú mismo sin contar con lo que te rodea, dentro y fuera de tu conciencia, que dejarás de vivir. No serás nada si huyes de la realidad.”

La voz se perdió en sus propios oídos. La gaviota solitaria ya surcaba el viento en dirección al mar, cada vez más alto. El ansia de dejarlo todo atrás le hacía fijar su mirada en el horizonte. Un horizonte que no parecía acercarse, siempre allí enfrente, en el infinito, entre el cielo azul y el mismo azul del que es reflejo en el mar. Poco a poco la altura de vuelo fue creciendo. Ya las nubes empezaban a rodear a la blanca y brillante gaviota solitaria. La humedad iba depositándose y resbalando constantemente sobre su impermeable plumaje. Abajo ya sólo se veía una inmensa masa de agua, arriba empezaba a vislumbrarse el cielo más limpio que jamás una gaviota se atrevió a surcar. Pero ella, plena de una voluntad obsesiva, sólo miraba el infinito. Una última gota de humedad resbaló de uno de sus ojos y recorrió todo su cuerpo hasta saltar al vacío por las rémiges caudales. Las nubes ya habían quedado completamente abajo. Sólo un potente sol reinaba allá en lo alto. Su calor iba penetrando en el cuerpo de la gaviota hasta que un leve sopor comenzó a poseerla mientras su conciencia iba ofuscándose. Ya perdida en el horizonte, entre azul y azul, su vuelo se había convertido en algo automatizado. Las plumas empezaron a volatilizarse, y antes de quedar desnuda, su carne empezó a deshacerse dejando una estela de humillo inquietante. Sólo sus parte más duras resistían escondiendo en sus tuétanos no se sabe qué tipo de aliento. Sin embargo, de pronto una corriente de aire ascendente hizo desprenderse todos sus huesos y, en un súbito instante, se desintegraron en una sutil humareda que liberó un sin fin de diminutas partículas brillantes. El brillo permaneció un momento hasta que, en un mudo estallido, huyó como un halo de luz divergente y se diluyó en lo infinito. La gaviota ya no era nada, ya era libre absolutamente.
********
El vertedero estaba en llamas. Los bomberos no dejaban de rociar con sus mangueras el inmenso campo de despojos. Lo normal de este tipo de incendios no podía obviar lo extraño de haber prendido en cientos de puntos al mismo tiempo.
De las gaviotas que allí hubo nada se supo, se habrían ido con el sol. De hecho unas pocas aún se veían alejarse, pero debían ser unas extrañas rezagadas porque las enormes bandadas que solían sobrevolar el vertedero no las precedían. Sólo esas pocas gaviotas, y en desordenada formación pasaron por encima de las cabezas de los pescadores. ¡Qué extraña y solitaria estaba la playa! High quality dicen los anglosajones, de gran calidad decimos por aquí. Para mi lo es este relato: buen ritmo y con lecturas interesantes...


EL VERTEDERO


Una lejana mancha blanca se divisaba en el horizonte, sobre el mar. Al otro lado, una amenazante oscuridad cubría todo el valle e impedía la visión de las montañas. La mancha blanca crecía a cada momento, al tiempo que se iba disgregando. Poco a poco la blancura se fue transformando en multitud de líneas y después esta líneas en infinitos puntos. En el momento en que los puntos empezaron a mostrar su verdadero ser ya cubrían parte del cielo.

Los cientos de gaviotas, perfectamente ordenadas en largas ristras avanzaban en forma de deltas, cada una de ellas con su guía, y delante de todas la gran guía.
Después de una corta jornada de vuelo, tras pasar el valle, en el inicio de la ladera de las montañas se descubrió el destino de las argénteas aves. A un gesto de la gran guía, con el mismo orden que en el vuelo les proporcionaba, comenzaron gradualmente el descenso y posterior aterrizaje.

No era desde luego un hermoso paisaje. No era un ejercicio por la búsqueda de la belleza sino una lucha por la supervivencia. Atrás quedaron los tiempos en que grandes bandadas de gaviotas paraban en los márgenes del río y en los humedales cercanos en busca de cangrejos y algún que otro pez. Ahora cientos de ellas se agolpaban en el inmenso basurero que le servía de comedor.
Comenzó, pues, el festín, pútrido pero nutritivo. Y allí, sobre el promontorio, erguida, vigilaba la gran guía destacando sobre la masa blanca de aves en tremendo griterío.

En el nuevo emplazamiento el desorden era la nota predominante. Como miserable era el banquete, miserable era el destino de las gaviotas. La comida abundaba en cantidad pero también en variedad (no desde luego en calidad). Las relaciones vecinales eran presididas por la rapiña. Había individuos jóvenes y viejos, fuertes y débiles... Pero una gaviota de entre todas no necesitaba defenderse a picotazos , ni robar del pico las piltrafas de comida a las demás. La gran guía tenía una corte de pequeñas y fuertes escoltas que escogían los mejores manjares para ella. Nadie podía oponerse a su privilegio. Alguien debía guiarlas, y ésta era la más fuerte y sabia: y debía seguir siéndolo. Y era fuerte, sí. Tuvo que demostrarlo, cuando era una simple gaviota, luchando por su comida allá en el humedal. Y era sabia, ¡claro que sí!: no en vano conocía los secretos del vuelo, los vientos, las nubes, las montañas... Mucho tuvo que luchar para ser gran guía, pero lo consiguió. Ahora sólo las más fuertes de entre todas las gaviotas tendrían el honor de servirle y de recibir los conocimientos básicos de vuelo y localización de riquezas. La supervivencia de la colonia dependía de ello.

Mientras, en el basurero seguían los tétricos alaridos de las gaviotas argénteas. Gritos amenazantes que exigían comida, gritos de dolor de las que no terminaban de llevarse algo al buche. En definitiva, un desorden masificado, una masa desordenada. Y, sin embargo, una masa controlada, que formaba una estructura social, un desorden ordenado para un fin: la supervivencia.

Pero no toda la masa era uniforme: entre fuertes y débiles, sabios e ignorantes, existían elementos peculiares. Entre las débiles, algunas preferían apartarse a las inmediaciones y allí, al margen del basurero y su agonía, buscar las casi inexistentes briznas de alimento que pudieran encontrar. Entre éstas se hallaban algunas de las más viejas, antiguas derrotadas en la lucha por ocupar un puesto de guía o algunas de las pocas que habían sobrevivido, no se sabe cómo, a tan avanzada edad. Todas ellas eran despreciadas por la masa y, sobre todo, controladas por las fuertes. Razonablemente podían ser perniciosas por inadaptadas y asociables.
De repente de un punto perdido en la sonora masa blanca surgió una gran gaviota joven que, de no ser porque cientos de alas abiertas y plumas desprendidas cubrían las suyas propias, hubiera sido vista y admirada por todas. Pero pocas se dieron cuenta, a pocas le importaba y ninguna se preguntó ni se supuso nada fuera de los normal.

Sin embargo, espléndida en su porte y en el control de su vuelo, esta gaviota tan especial tenía planes muy distintos a los generalmente comprensibles. Algo recorría sus pensamientos azarosamente: “Levantar el vuelo, huir, dejarlo todo...”
Y, ¿por qué? ¿Quién era ese impetuoso ejemplar? ¿Qué le llevó a tan desconcertante reacción? Con esa fuerza y decisión no podía ser más que una vigilante. Sin embargo ese límpido plumaje blanco (y hasta cegador si el sol lo señalara con sus rayos) era muy especial. Ninguna gaviota podía desconocer el origen de tan arrogante figura. Era la heredera, la hija de la gran guía, la que pronto ocuparía su lugar si ninguna otra osaba desafiarla y vencerla.

Y, pese al extraño comportamiento y a la gravedad de sus impulsos, algo había en sus ojos que denotaba una inmensa convicción. Y ese “huir, huir...” que le invitaba desde dentro de sí misma no conocía de más causa que el propio deseo de llevarlo a cabo. Tan claro era el fin como recóndita la causa.
Ya en el aire, dirigió su mirada al infinito horizonte y en un hábil desplazamiento capturó una leve ola de aire que le bastó para apartarse de la vorágine. Tal era su pericia; no en vano era quien era.

Con pocos testigos que sospecharan el desvarío que iba a cometer, y menos que quisieran evitarlo, su último deseo incontenible era saciar su sed en los charcos de las inmediaciones. El agua es el único bagaje imprescindible si se quiere llegar lejos, sobre todo para un ave marina.

Y allí, frente a frente, se encontró con una vieja gaviota de mirada leve pero profunda. “¿Qué miras tan insidiosamente? –le espetó- ¡Aparta inmediatamente vieja gaviota!” La anciana con un leve matiz de orgullo le respondió: “No es mi intención molestarte, ni mi mirada contiene insidia, sino extrañeza por encontrar a la Heredera en un lugar tan alejado del suyo”. Sorprendida la heredera le repuso: “Tus ojos tienen un brillo acusador. ¿Qué puede tener una sierva como tú en su pensamiento que me pueda inquietarme?”

“Nada hay en mi pensamiento más que el recuerdo de antiguas luchas por gobernar esta prolífica colonia. Luchas que me llevaron a esta marginalidad que nunca pensé tan sosegadora y placentera. Señores hay pocos, los súbditos son multitud, pero jamás han dado temor a sus amos. Ese temor quizás lo trajeras dentro de ti antes de verme”. La joven gaviota, sin saber por qué continuó hablando: “Yo no temo a nada. Soy la heredera y, si estoy aquí es porque huyo del estúpido destino que me aguarda siendo amo y señor de tan esperpéntica bandada de desechos sin vida propia. Si lamentable es ser un vil esclavo necesitado de que le marquen el camino, lamentable es ser un amo que sólo busca sentirse amo, que necesita ser amo y que depende de que los esclavos le hagan creer lo que quiere creer. Yo no seré amo ni esclavo.” La anciana gaviota con un gesto parecido a una sonrisa le dijo: “También tú pareces necesitar ser, al menos, escuchado. Pero te diré una cosa, no me extraña tu miedo teniendo en cuenta que en el futuro has elegido no ser nada. Ni amo, ni esclavo. ¿No crees mejor seguir siendo lo que eres, una gaviota? Puedes ser amo y esclavo el mismo tiempo. No son cosas distintas. Tú mismo lo has descubierto: son extremos de una misma necesidad. Cada uno elige la que le es más cómoda. Pero sólo algunas se esfuerzan por estar justo en medio. Debemos ser amos y esclavos de nosotros mismos, aunque tengamos que vivir no precisamente en medio de todos, sino más bien el margen, como seres extraños.” La respuesta fue despectiva y tajante. La que no quiso ser heredera terminó con estas palabras. “Muy bello e ingenioso, pero yo voy a ser yo misma y nada más. Tampoco voy a caer en el error de creer a quien se esconde bajo la forma de amo, llamándose maestro. Yo no voy a ser discípulo, no voy a ser esclavo de tu sabiduría.” Con su habitual gesto soberbio, giró la cabeza y levantó el vuelo con pericia, como su padre le enseñó. Ya no oiría las últimas palabras de la anciana que tras él terminaba... “Quizás yo también haya aprendido algo de ti: ser maestro y aprendiz al mismo tiempo. Tú, sin embargo, estás tan deseoso de ser tú mismo sin contar con lo que te rodea, dentro y fuera de tu conciencia, que dejarás de vivir. No serás nada si huyes de la realidad.”

La voz se perdió en sus propios oídos. La gaviota solitaria ya surcaba el viento en dirección al mar, cada vez más alto. El ansia de dejarlo todo atrás le hacía fijar su mirada en el horizonte. Un horizonte que no parecía acercarse, siempre allí enfrente, en el infinito, entre el cielo azul y el mismo azul del que es reflejo en el mar. Poco a poco la altura de vuelo fue creciendo. Ya las nubes empezaban a rodear a la blanca y brillante gaviota solitaria. La humedad iba depositándose y resbalando constantemente sobre su impermeable plumaje. Abajo ya sólo se veía una inmensa masa de agua, arriba empezaba a vislumbrarse el cielo más limpio que jamás una gaviota se atrevió a surcar. Pero ella, plena de una voluntad obsesiva, sólo miraba el infinito. Una última gota de humedad resbaló de uno de sus ojos y recorrió todo su cuerpo hasta saltar al vacío por las rémiges caudales. Las nubes ya habían quedado completamente abajo. Sólo un potente sol reinaba allá en lo alto. Su calor iba penetrando en el cuerpo de la gaviota hasta que un leve sopor comenzó a poseerla mientras su conciencia iba ofuscándose. Ya perdida en el horizonte, entre azul y azul, su vuelo se había convertido en algo automatizado. Las plumas empezaron a volatilizarse, y antes de quedar desnuda, su carne empezó a deshacerse dejando una estela de humillo inquietante. Sólo sus parte más duras resistían escondiendo en sus tuétanos no se sabe qué tipo de aliento. Sin embargo, de pronto una corriente de aire ascendente hizo desprenderse todos sus huesos y, en un súbito instante, se desintegraron en una sutil humareda que liberó un sin fin de diminutas partículas brillantes. El brillo permaneció un momento hasta que, en un mudo estallido, huyó como un halo de luz divergente y se diluyó en lo infinito. La gaviota ya no era nada, ya era libre absolutamente.
********
El vertedero estaba en llamas. Los bomberos no dejaban de rociar con sus mangueras el inmenso campo de despojos. Lo normal de este tipo de incendios no podía obviar lo extraño de haber prendido en cientos de puntos al mismo tiempo.
De las gaviotas que allí hubo nada se supo, se habrían ido con el sol. De hecho unas pocas aún se veían alejarse, pero debían ser unas extrañas rezagadas porque las enormes bandadas que solían sobrevolar el vertedero no las precedían. Sólo esas pocas gaviotas, y en desordenada formación pasaron por encima de las cabezas de los pescadores. ¡Qué extraña y solitaria estaba la playa!