
Ésta es la mejor época, querido amigo, para correr mundo. Las lechugas tienen un hilo tenue de frescura de nieve; la carne a la brasa está sanguinolenta y azul; el diente, aguzado, y el paladar afilado y abundante. El cielo, alto y glorioso, se esfuma a todas horas, el aire es suave. El sol es tibio y el vientecillo trae un ramalazo de hinojo, de romero, de esparraguera. En las acequias hay un hilillo de agua, brotan los berros de los márgenes, se afinan los espárragos. En los huertos, las habas asoman el ojo y la oreja de liebre asustada. Los almendros son de color de rosa. Los manzanos tienen una pelusilla de carmín, tornasolada. Los detalles de las hierbas se dibujan con una ternura perfilada y da gusto reseguir la caligrafía de las plantas. El mar, lejano, verde y azul, poblado de formas vagas, va pasando. Todo es infinitamente más consolador que asistir a las representaciones de éste mundo, a la vana demencia ornitológica, gótica y gibosa, del material humano.

Ésta es la mejor época, querido amigo, para correr mundo. Las lechugas tienen un hilo tenue de frescura de nieve; la carne a la brasa está sanguinolenta y azul; el diente, aguzado, y el paladar afilado y abundante. El cielo, alto y glorioso, se esfuma a todas horas, el aire es suave. El sol es tibio y el vientecillo trae un ramalazo de hinojo, de romero, de esparraguera. En las acequias hay un hilillo de agua, brotan los berros de los márgenes, se afinan los espárragos. En los huertos, las habas asoman el ojo y la oreja de liebre asustada. Los almendros son de color de rosa. Los manzanos tienen una pelusilla de carmín, tornasolada. Los detalles de las hierbas se dibujan con una ternura perfilada y da gusto reseguir la caligrafía de las plantas. El mar, lejano, verde y azul, poblado de formas vagas, va pasando. Todo es infinitamente más consolador que asistir a las representaciones de éste mundo, a la vana demencia ornitológica, gótica y gibosa, del material humano.